Escucha el silencio — habla más alto que las palabras.

La gente cruza la calle todo el tiempo, sin previo aviso, sin mirar atrás, sin explicación. A veces es el semáforo, a veces es el sol que pega demasiado fuerte, a veces es solo la costumbre: el cuerpo se mueve antes que la decisión. Porque a veces cruzar es solo un reflejo: ir con la corriente, sin pensar demasiado.

Porque este lado duele, asfixia, humilla, aburre.

La ciudad enseña esta paranoia silenciosa desde temprano: todos creen que están avanzando, cuando en realidad todos están simplemente evitando algo: un pensamiento, una reunión, un espejo inesperado.

Nadie cruza la calle para huir de alguien. La gente cruza porque no sabe cómo quedarse. Ni de este lado. Ni del otro.

Nadie está eligiendo bandos. Cada persona solo intenta llegar a algún lugar sin tropezar con sus propios pensamientos.

En el fondo, quizás la pregunta no sea «¿por qué la gente cruza la calle?», sino «¿por qué nadie cruza la calle por mí?» o «¿por qué no he cruzado todavía?». La respuesta es cruel: cada persona mide el riesgo y la ganancia de cruzar basándose en su propia soledad, su propio miedo o su propia locura.

Quizás cada cruce sea solo una forma educada de seguir caminando sin tener que explicar el peso que llevamos dentro.

La búsqueda no es un destino, sino simplemente evitar quedarse quieto en el mismo lugar consigo mismo. Al final, cruzar es solo una manera de seguir caminando: el gesto más pequeño para mantener la ilusión de que uno va a alguna parte, cuando quizás el único lugar real sea la soledad que nos sigue en cada intersección.

Si alguien cruza la calle, no significa «No quiero quedarme aquí». La mayoría de las veces simplemente significa: «Ni siquiera sé a dónde voy realmente».

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